jueves, 14 de noviembre de 2013

desencuentro



Debería haberse percatado de que estaba ahí. Justo ahí, tan al alcance de su mano.
Pero el día había sido largo y su mente era un remolino de pensamientos e ideas aglutinados.
Volvió a su casa y pensó en llamarla.
Habían estado separados mucho tiempo pero esa distancia, paradójicamente, había acortado la brecha de reproches y enojos crónicos.
Y después de todo, si había estado tan cerca de volver a verla, ¿por qué no darle un empujoncito al destino con una llamada?

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Mientras caminaba de vuelta a su casa, pensó en que el día menos pensado se animaría a decirle que en realidad sí había pensado en una vida con él. Pero que la cobardía y las ocupaciones opacaron la que podría haber sido la respuesta más acertada de su vida.
Y que cada vez que caminaba despacio hacia su casa, no podía evitar pensar una y otra vez en lo que podría haber pasado si su reacción era otra.

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Cortó el teléfono antes de que atendiera el contestador y se rió de haber pensado en el destino.
Su intención de comunicarse aún estaba muy débil como para tener un primer contacto con una máquina.
Tal vez más adelante.

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Llegó a su casa y se recostó en el sillón. Observó que la luz del contestador estaba apagada y cerró los ojos.
Por un momento, pensó en la posibilidad de llamarlo pero no se animó.
Tal vez más adelante.

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Algún día tendría la oportunidad de retractarse y proponerle volver a empezar

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Algún día tendría la oportunidad de reafirmarse y proponerle volver a empezar.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Cambios



Había pasado mucho tiempo, tanto que casi ni cabía preguntarse si habría algo que no había cambiado.
El reloj marcaba las tres y dos minutos, y tres minutos.La aguja que cuenta los segundos acababa de pasar una vez más la segunda "I" que completaba el "doce" en números romanos.
Los segundos caen más pesados cuando se observa el segundero. Incluso se pueden oir. La sensibilidad cambia, y a medida que se concentraba más y más en el reloj, todo el entorno de Carmelo se modificaba.
Las mesas ya no parecían pertenecer a un café sino otra cosa, un establecimiento completamente distinto.
Los segundos se hacían más y más pesados y el café parecía enfriarse y aclararse, fermentarse y sentirse como una cerveza helada que derrepente refrescaba su boca.
Sentía un olor cada vez más fuerte, un hedor que provenía de algún lado pero que Carmelo se empecinaba en sospechar que era solo un perfume extravagante.
La aguja del segundero ahora volaba, pasaba una y otra vez por las letras que significan números, haciendo pasar los minutos como caían las gotas de agua condensada del vaso cervecero.
Ya el cambio era evidente, el mesero no tenìa más el delantal que hubo presentado cuando le ofreció café a Carmelo, en su lugar tenía unas bermudas abultadas y una musculosa apretada. Detrás de él se obervaban montones de botellas de diferentes tamaños y formas que contenían alcohol en distintos porcentajes.
A Carmelo nada de esto le extrañaba, estaba seguro de sí mismo, y entendía que los cambios que en algún momento creyó ver eran producto del calor y el cansanco, el agotamiento y la angustia que le causaba estar esperando allí sentado.
Se inclinó sobre la barra y llamó al mesero, tuvo que esperar a que termine de preparar unos tragos y luego aguardó a que le entregara limón y sal a dos muchachas que se movían constantemente de manera intermitente.
Finalmente se el barman acercó, Carmelo se acomodó la corbata, mientras oteaba el reloj de pulsera y voceó de manera estupendamente porteña:
- Mozo, un cortado por favor.

lunes, 7 de octubre de 2013

Cruz

Se me escapó una cruz, justo cuando multiplicaba mentiras, y en lugar de responder con criterio, desembarqué del crucero con altanería.
Proferí un discurso crucial, aunque de bajo relieve, y me introduje una crocante galleta de maíz en la boca.
Crujía sabrosamente entre los dientes mientras pensaba en refugiarme en alguna pulpería croata.
Pero no había croatas en estas tierras cavernosas.
Creí que estaba perdido, pero un grupo de dogmáticos creyentes me devolvió al sendero, y así, logré evadir los cráteres del camino que se me bifurcaba.
Unas ranas que croaban me hicieron decidir por la derecha.
Sólo eso diferenciaba un camino del otro, el croar intermitente de esos anfibios crepitosos que se encontraban saltando de manera, presumiblemente, alegre.
Ni la crin de un caballo era tan suave.
De repente me enredó una brisa tranquila que me dejó crispado.
Ya nada había para hacer.
Había vuelto a perder el camino.
Y la cruz, en su lugar, multiplicaba indiferente una serie de números reales.
Ya no había otro sentido más que el propio.

Un croado se oía, casi imperceptible, a lo lejos.


domingo, 6 de octubre de 2013

cruce

se encontramon en el bar a la hora acordada. sin demasiados preámbulos, pidieron algo para comer y sacaron la lista.
empezó ella. leyó cada frase con pasión y un poco de enojo.
él la escuchó atentamente y en silencio.
cuando le tocó el turno, se puso los anteojos y respiró hondo.
ella cruzó sus brazos y se apoyó en el respaldo de la silla.

luego de las lecturas, ambos se tomaron unos minutos para decidir.
no fue fácil definir el asunto. ambos se destacaban por sus argumentos fuertes y convincentes.

pasado el tiempo estipulado, cada  uno dio su veredicto.
llamaron al mozo y se fueron.

en la puerta, ella giró hacia la izquierda.
él, a la derecha.

ella, con la seguridad de que está llegando al lugar indicado.
él, con la convicción de que está saliendo de ese punto muerto.

y ambos, con la certeza de encontrarse a mitad de camino.



martes, 10 de septiembre de 2013

olvido (y fin)

Y un día, finalmente, se terminó el desafío, y ya no quedaba otra que volverse a repensar, y encontrar una nueva forma de significantes para el caso. sólo había una manera de hacerlo, y la pondría en práctica.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

frase



Pensó en una frase que le aclaró el panorama: nadie anda en busca de lo que no quiere ser encontrado.
Abrió su cuaderno y la anotó repetidas veces, intercalando diferentes tamaños y tipos de letra. Como un ejercicio de convencimiento arreglado o una anestesia para su cabeza.
Cuando estaba por dar vuelta la hoja, se dio cuenta de que era hora de partir. Pagó su café y corrió hacia la estación.
En cuanto pasó la puerta central, se puso en postura para su ritual. Se sentó en el banco de siempre, cruzó las piernas para apoyar su cuaderno y miró el reloj.
Se sintió listo para el momento y sonrió con un dejo de satisfacción que permaneció intacto hasta el final del día.
De regreso en su casa, en la soledad de su cuarto, volvió a pensar en la frase y otra vez se reconfortó. Todo parece más fácil cuando la responsabilidad es compartida, se dijo en voz alta antes de cerrar los ojos y dormir.

viernes, 30 de agosto de 2013

señal



Inevitablemente partirá hacia otro lugar que, piensa, le dará mayor paz.
No sabe a dónde ni cuándo llegará ese día pero está segura de que alguna señal mística sabrá hacérselo notar.
Un sueño premonitorio, un ruido intenso en medio de la noche o una luz que refleje solamente el lado derecho de su habitación, el de los libros y la valija.
Mientras espera que ese día llegue, supone que debe mantenerse ocupada.
Riega las plantas que tanto han crecido desde aquella tarde en que decidió comprarlas.
Cocina manjares que, con gratitud, comparte con amigos y más que eso.
Fotografía extraños y a la noche les inventa historias mientras modifica la luz, los colores y el brillo de sus escenarios.
Está convencida de que transita un digno impasse. Sin embargo, de vez en cuando no puede evitar pensar que en realidad esa misma es la vida que tanto espera encontrar y sonríe a escondidas.

miércoles, 28 de agosto de 2013

abstenerse (para el olvido)

abstenido de pensarlo lo olvidé
y olvidé, entonces, el sentido del olvido
emperrado en el sentido, comprendí
que no hay en común más que el olvido

y perdido en mis diatribas advertí
que el olvido era la ausencia de recuerdo
y sumido en mis memorias olvidé
el sentido mismo del olvido

mas de pronto, de repente, recordé
todo aquello que alguna vez había olvidado
y preciso en mis retinas se grabó
como ayer, mis penurias y alegrías

mis sorpresas, mis enfados, mis rabietas
todas juntas se agruparon en mi mente
como un grupo de pixeles superpuestos
atacaron mi sentido del recuerdo

atascaron el cordel de mis memorias
y pincharon la emoción de no encontrarlas
impusieron un sinfin de resquemores
de vergüenzas y también retractaciones

imposible reparar en el olvido
en la magnitud de lo olvidado,
hasta no caer en el olvido absoluto
que significa, el recordarlo todo

lunes, 26 de agosto de 2013

tren



No puede dejar de pensar en ella cuando viaja en tren. Recuerda cada detalle de la última vez que la vio bajarse del andén y caminar hacia las escaleras.
Si tan sólo se hubiera acercado, se habría librado de este evidente devenir en una persona cada vez más y más melancólica.
Si tan sólo la hubiera ignorado, habría prescindido de estos pensamientos circulares en la cabeza.
Pero la realidad es otra y sus circunstancias la declaran.
Él seguirá viajando sin destino y ella continuará apareciendo en cada baldosa de la estación.
Como un ensueño eterno que le recuerda que no hay engaños aparentes que resistan a la verdad.

domingo, 25 de agosto de 2013

Manumitido el autor (título abstenerse)

Mancuello entró al supermercado, debía buscar algo que cubriera la mancha del mantel.
Se le ocurrió que quizás alguna manufactura de esas que vendían allí podría ocultar el exabrupto.
Buscó en el lugar indicado, pero no halló más que maní y manteca.
Nada de eso le servía, tampoco la mandioca.
Sintiéndose maniatado, se le ocurrió una solución a su problema.
Recurriría al local de los Mansilla.
Entró en el bazar manteniéndose a una distancia adecuada de los productos de vidrio.
Manoseó todas las bandejas y tazones, pero ninguna era la indicada.
Mansilla el mayor se acercó a ofrecerle productos de diferentes maneras.
Maniquíes y manos de plástico no parecían ser las mejores opciones para lo que necesitaba.
Inclinose por unas mansiones de plásticos muy bellas, pero no terminaban de seducirle.
Al final, no parecía haber otra opción, debía hacerle caso a Manolo, el menor.
Lo único que le quedaba era mandar a hacer otro.
O quizás mejor, simplemente, comprar un mantel nuevo, y tratar de no mancharlo.
Al fin y al cabo, sólo se trataba de apender a manipular mejor los manjares.
Sobre todo cuando maniobraba cerca del teclado.
Lo único que le faltaba era terminar obligado a trabajar en manuscrito.


sábado, 24 de agosto de 2013

carta



Lo primero que hizo al levantarse fue buscar, entre todos los papeles amontonados, esa carta que alguna vez había escrito con una ansiedad casi fabricada.
Releyó cada palabra como si estuviera escribiéndola dos veces y al terminarla la dobló tal cual estaba.
Nunca se sabe, pensó aliviada mientras la guardaba nuevamente en la pila.
Cualquiera podía ser el momento en que sintiera que finalmente las palabras presagiaran su final.

jueves, 22 de agosto de 2013

un ademán, man!

-¡un ademán, man! - dijo el vato, uniformado como correspondía, a la vez que encendía un cigarro -¡un ademán! -y la respuesta, violenta, se inscribió en su rostro de tal forma que borró esa sonrisa chicanera de un sólo golpe.
un diente cayó cerca de su pie derecho. el vato se alarmó, creía que estaba entre amigos, entre compadres. se agachó a buscar su diente y sintió como le chorreaba la sangre entre las encías de su mandíbula inferior. no sentía dolor, hasta que quiso hablar, y sólo se le escapo un chillido indescriptible que se confundió con el aullidó que lo siguió.
-un ademán, man -le contestó finalmente su agresor, formando una u mayúscula con su mano derecha, utilizando para ello sus dedos índice y meñique extendidos, retrayendo el resto.
un ademán, un gesto, una seña. un código que no siempre es compartido, y un disgusto expresado de la forma más feroz, más impulsiva.
un disgusto que significaba un golpe, un dolor de huesos, un diente menos. un ademán, un signo mal entendido, una promesa al aire que terminaba siendo, inesperadamente, sangre.
un disparo certero,
algún movimiento desenfrenado,
unos tobillos torpes que se chocan,
un manotazo en el suelo,
otro,
una mano en la pared,
y una huida ágil, en el medio de la tormenta. con frío, y demasiadas dudas.
una realidad sin sentido, un ademán,
un gesto,
un error de comprensión
un sin sentido que representa, vagamente
que no existe el sentido común.

lunes, 19 de agosto de 2013

ella

Lo último que recuerda de ella es su espalda rozando las puertas que, irrespetuosas, le cerraron por detrás.
Todos los días vuelve al mismo andén con la esperanza de volver a verla y hacerle la pregunta.
Confía plenamente en que en algún momento aparecerá y entonces repite en voz muy baja y sin parar, las palabras que pronunciará en forma de interrogación.
No le tiene miedo a la respuesta. Sabe que, pase lo que pase, siempre podrá volver a empezar en otro lado.
Además, está seguro de que es ella. Tanto lo está, que también ensaya la reacción que vendrá luego del esperado veredicto.
Y el día en que realmente ocurra todo, no habrá lugar para dudar ni pensar demasiado.
El plan es perfecto.
Sólo resta que el tiempo y el espacio los vuelva a reunir.
Que el banco del andén esté vacío.
Que el tren pase exactamente a las 15.35hs
Que una leve brisa enfríe sus párpados cerrados.
Y que ella se acerque para conocerla más. Y finalmente pedirle que, como personaje favorito, se quede lo suficiente para contar su historia.

viernes, 16 de agosto de 2013

La sonrisa (un ademán)

A veces hacer algo implica sólo un movimiento, una pequeña distención o contracción de algún músculo podría ser, para algunos, "hacer algo". Sobre todo cuando ese "hacer algo" se define directamente por antonomasia. Cuando el hacer algo es precisamente es sólo eso. Simplemente, y nada más. Como si fuera una sonrisa, o un ademán, una invitación, o sólo una excusa para dejar el lugar a alguien qué sí sabe hacerlo bien...

miércoles, 14 de agosto de 2013

consulta médica XXIV



-¿Hola?
-Hola doctor, lo llamo porque acá hay una persona que desea hablar con usted y, por su insistencia, me parece que realmente es importante.
-Pero en una hora ya llego al consultorio
-Sí, eso le dije repetidas veces pero insiste y…
-Bueno, a ver, pásele el teléfono

-¿Hola doctor?
-Sí, quién habla
-Beroldo habla
-¿Beroldo?
-Sí, Beroldo
-Qué sorpresa, querida…qué sorpresa
-Disculpe que lo haya molestado así pero pensé que lo iba a encontrar atendiendo y bueno, me encontré con que no. ¿Hace mucho cambió sus horarios? Y no tiene el mismo número de celular.
-Sí, cambié mis horarios y también mi celular. Dígale a mi secretaria que se lo anote.
-Sí, gracias, doctor.
-De nada, querida. Me alegra escucharla
-¿De verdad? Lo noto muy serio. Entiendo que lo haya sorprendido el llamado pero esperaba otra reacción, para serle sincera.
-Pero Beroldo, comprenda que estoy en la calle. ¿Por qué no se saca un turno y nos vemos personalmente? Me encantaría verla después de tanto tiempo.
-Sí, a mi también. Pero igual, ahora pienso que quizás no fue la mejor decisión.
-¿Qué decisión?
-La de volver
-Pero por favor, Beroldo, no me haga enfadar por teléfono. Si volvió es porque realmente sintió la necesidad de hacerlo.
-Sí, pero lo noto ofendido
-¿Beroldo?
-¿Qué?
-Deje de enroscarse
-Si usted lo dice…
-Yo lo digo. Y cuénteme, ¿cómo anduvo todo este tiempo?
-Bien, la verdad que bien. No podría haberme sentido de otra forma teniendo en cuenta que estuve viviendo en mi negativo
-¿En su negativo? Ay, Beroldo, cuántos recuerdos me trae esto
-Déjeme terminar, doctor. Me refiero a la imagen fotográfica
-Ya me hace reír. Se da cuenta de que lo que dice es confuso, ¿no?
-Si usted lo cree.
-No importa. Continúe, por favor.
-Básicamente eso. Estuve escondida en el negativo de mi vida.
-¿Y podría explicarme qué significa? Y en qué la afectó, por supuesto
- En que pasé por una etapa en que toda conversación la empezaba con la frase “salvando las distancias”. O mejor dicho, “salvando mis distancias”… ¿Y sabe qué? Las cosas pasan y no hay distancias que te salven.
- ¿Y entonces?
-Entonces eso, doctor. Desde que me decidí a encuadrar las cosas a su tiempo y lugar, mi cabeza sufre de un exceso de temas que compiten entre sí.
-¿Tiene jaqueca?
- Sí, y siento mareos también. Doctor, ¿usted cree que en la vida todos necesitamos un mínimo de seguridad y rutina?
-Creo, mi querida Beroldo, que ya es hora de que vuelva
-Gracias, doctor. Le noto la voz más animada y eso me alegra.
-¿La veo pronto, entonces?
-Nos vemos pronto.
-Adiós, querida
-Chau, doctor.

La duda, el calor y la sonrisa

Insoportable, no podía aguantar más la situación. Todo se le iba de las manos y ya no podía mantener la cordura. Era realmente imposible. Un señor de bigote oscuro y espeso sonreía mientras lo miraba de reojo. La sonrisa se ampliaba y estrechaba al ritmo de la respiración, particularmente audible, como si cada bocanada de aire fuese todo un esfuerzo.

El calor era sofocante. Unos niños en la esquina se esforzaban por mantenerse parte de un juego cuya única función era olvidarse del calor, de ese agobiante calor que parecía quemar todo lo vivo, todo lo que se movía sobre el empedrado de aquella calle descolorida.

Asomada por una ventana, una señora de unos setenta años observaba todo con atención, apoyadas sus manos sobre la baranda que daba a la calle, miraba hacia uno y otro costado como si no le costara. Su rostro, impávido, detentaba todos sus años sin grandes dolencias, y su mirada penetrante pretendía saber todo lo que pasaba, más allá de lo que podía ver.

A unas cuadras de allí una pareja discutía, él, altanero, replicaba que no tenía nada que ver con la discusión. Ella lloraba porque sabía que tenía razón. El calor no ayudaba, alejados a unos pasos de distancia caminaban ya en silencio buscaban una estación de servicio donde comprar hielo.

El bebé no paraba de llorar, la temperatura era muy elevada para su cuerpo tan pequeño, joven y desprotegido. No podía expresarse con palabras, así que lloraba y se movía en su cuna en constantes esfuerzos fútiles por gritarle al mundo que ese calor era un atropello a su perona. La mamá lo miraba con tristeza, mientras se empapaba la frente con un trapo mojado en agua fría.

Era demasiado, definitivamente, estar al tanto de todo ya se había vuelto costumbre, pero el calor lo complicaba todo aún más. Igualmente podría soportarlo.... sí, todo. Todo menos esa sonrisa. Y esa respiración inconstante que se escuchaba insoportable. No podía más. No podía aceptar que se le escapara algo, sabía todo. Todo. Menos la razón por la cual ese señor bigotón se la pasaba sonriendo y no paraba de mirarlo de reojo.

lunes, 12 de agosto de 2013

uno



El viento se siente más fresco y le arden las mejillas al caminar. Inclina la cabeza y avanza mirando sus propios pasos. Cuando llega a la parada, se da cuenta de que ya es de noche y reconoce las nubes que amenazan con una lluvia inminente.
Sube al colectivo y relee lo que tiene escrito en el cuaderno. Siente vergüenza de pensar que lo que escribió no tiene ningún sentido real ni refleja una idea concreta de lo que le interesaría expresar.
Tanta presentación para terminar contando una simple anécdota.
Un cuadro torcido, una mujer dubitativa y una historia sin comenzar.

jueves, 8 de agosto de 2013

El milagro de la duda

Le había hecho una pregunta, y parecía que la misma vagaba sin rumbo en su frente que, si bien aún seca, propiciaba un más que probable y continuo goteo que habría de provocarse quizás por el miedo, o la frustración, quizás por el simple calentamiento, esa puesta en marcha en la búsqueda de una respuesta que, luego sabría, era imposible que encontrase.
La duda invadía su frondoso rostro enmudecido que vacilaba en constantes ires y venires de su mandíbula inferior de derecha a izquierda, como si la solución al problema se encontrase en las limitadas bocanadas de aire que lograban ingresar en el breve espacio que dejaba el movimiento pendular de su mandíbula, como si tan pequeño influjo de éter pudiese sofocar su angustia.
Incansablemente, la inquietud recorría su mente sin encontrar desambiguación posible, se encontraba en callejones sin salida que invitaban a sosegar el pánico a través de unos murmullos inconsistentes, unas suaves exhalaciones de aire que simulaban algún tipo de sonido gutural que, al parecer, refrescaban su sobrecargado sistema nervioso simpático, refrescando su ya empapada frente y entregándolo a unos sugerentes escalofríos que aparentaban ser eternos.
El interrogatorio había terminado, de hecho, había terminado ni bien comenzó. Era una sola pregunta. Era, quizás, de sentido común, del saber básico. Era casi una antonomasia. O era, en fin, una antonomasia. Era el resultado de su propia duda, era la duda en sí misma. Era y no era a la vez eso mismo que tanto lo aquejaba y a la vez, era una incógnita irresoluta.
El interrogador, atónito, se volvía tratando de buscar miradas cómplices, pero no las encontraba. Él creía que el sentido común era inherente al ser humano, y al parecer, de repente, se volvía una cualidad única. Una construcción casi épica.
La pregunta carecía de respuesta, porque esta era la misma pregunta, era un imposible, fuera del sentido común, la insistente interpelación por la pregunta no podía acarrear respuesta alguna. El concepto mismo era ignorado, la cara ahora lavada que miraba en silencio, patidifusa, había dejado de esforzarse, ya no valía el esfuerzo.
La realidad lo había superado ¿cómo responder a un significante en sí mismo? ¿como encontrar en la respuesta el sentido propio del interrogante perdido? ¿cómo habría de saber, sin saber, al fin, que una pregunta es una pregunta? ¿cómo, si tal cosa no es más que una duda, un interrogante, una inquietud? El cariz mismo de la cosa es intangible cuando es la misma cosa de la que se parte es, también, el punto de llegada.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Presentación de un personaje



Se decide por la mesa que está contra la pared. La luz es buena, hay una ventada semi abierta que deja entrar una brisa agradable y las mesas a su alrededor están vacías.
El ambiente es perfecto para ponerse a trabajar.
Se pide un cortado y un agua mineral. El mozo trae el pedido y lo coloca en el centro de la mesa. Ella reacomoda las bebidas, el café del lado izquierdo junto al azúcar y el agua del lado derecho, con las servilletas. El cuaderno queda en el medio, con la distancia justa para que no choque con nada al abrirlo.
En la pared de enfrente, colgado bien a lo alto, hay un cuadro torcido.
Piensa que la pintura es linda, le hace acordar a algún artista famoso pero no recuerda a cuál y tampoco le importa demasiado.
El ambiente es perfecto para ponerse a trabajar así que abre su cuaderno decidida a escribir. Como apoderada por una fuerza interna y desconocida, completa la primera página en un minuto.
Se toma el cortado y sirve el agua mineral. Cierra el cuaderno por miedo a manchar las hojas.
Mira el cuadro torcido. Se pregunta si la persona que lo colgó no reparó en semejante detalle. Niega con la cabeza y piensa en el paso del tiempo. En la humedad de la pared. En los vientos fuertes del invierno. Cualquier causa le parece válida para entender la inclinación prominente de la pintura.
Se sirve otro vaso de agua y abre el cuaderno nuevamente. El ambiente es perfecto para trabajar.
Mientras escribe, piensa en su antiguo dolor en la muñeca. No entiende si todo era una impresión de su cabeza o realmente hizo algo para que se le pasara.
Pensar en su mano la distrae y levanta la vista. Deja la pluma al lado del agua y mira nuevamente el cuadro. Observa las figuras representadas y repara en la cantidad de objetos que hay sobre una mesa. Le divierte advertir que las cosas deberían caerse por la inclinación.
Mira su reloj pulsera y abre su cuaderno. Escribe unas líneas y vuelve a apoyar la pluma.
¿Será que el tornillo con el que está colgado el cuadro está un poco suelto?
Se levanta bruscamente de la mesa y se acerca a la pintura. La observa con detenimiento y levanta los brazos con la intención de enderezarla. No llega.
Vuelve a su lugar y alcanza a atajar la pluma que se encuentra al borde de la mesa por causa de la brisa que entra por la ventana.
Se posiciona para escribir nuevamente pero a último momento se arrepiente y llama al mozo.
Desaparece en cuanto paga la cuenta.

martes, 6 de agosto de 2013

Escalando el milagro

De entrada está ahí, pero no lo ves
entonces te acercás, ahí en el hueco está
pero no está...
Te quedás mirando patidifuso, parecería que sí
pero no, no está
no hay nada que mirar, no hay nada que hacer
Nada que buscar en ese estúpido hueco
vacío
solitario, perdido

¡qué pérdida de tiempo!

No, seguís buscando, de a poquito vislumbras las sombras de las sombras
todas están allí
en un magnifico espectáculo de escala de grises que se superponen
poco a poco se aclaran
unos se hacen más alargados y otros más chatos
algunos se funden con otros
otros escapan hacia el blanco
dos o tres se niegan a abandonar el negro
el total de grises hace una figura

parece que no, pero sí
pareciera que podría ser
pero no sabrías decirlo

sí, definitivamente

en el oscuro hueco se vislumbra el milagro
los grises, unificados, forman una figura

ahora falta el fondo...