Se decide por la mesa que está contra la pared. La luz es
buena, hay una ventada semi abierta que deja entrar una brisa agradable y las
mesas a su alrededor están vacías.
El ambiente es perfecto para ponerse a trabajar.
Se pide un cortado y un agua mineral. El mozo trae el pedido
y lo coloca en el centro de la mesa. Ella reacomoda las bebidas, el café del
lado izquierdo junto al azúcar y el agua del lado derecho, con las servilletas.
El cuaderno queda en el medio, con la distancia justa para que no choque con
nada al abrirlo.
En la pared de enfrente, colgado bien a lo alto, hay un
cuadro torcido.
Piensa que la pintura es linda, le hace acordar a algún
artista famoso pero no recuerda a cuál y tampoco le importa demasiado.
El ambiente es perfecto para ponerse a trabajar así que abre
su cuaderno decidida a escribir. Como apoderada por una fuerza interna y
desconocida, completa la primera página en un minuto.
Se toma el cortado y sirve el agua mineral. Cierra el
cuaderno por miedo a manchar las hojas.
Mira el cuadro torcido. Se pregunta si la persona que lo
colgó no reparó en semejante detalle. Niega con la cabeza y piensa en el paso del
tiempo. En la humedad de la pared. En los vientos fuertes del invierno. Cualquier
causa le parece válida para entender la inclinación prominente de la pintura.
Se sirve otro vaso de agua y abre el cuaderno nuevamente. El
ambiente es perfecto para trabajar.
Mientras escribe, piensa en su antiguo dolor en la muñeca.
No entiende si todo era una impresión de su cabeza o realmente hizo algo para
que se le pasara.
Pensar en su mano la distrae y levanta la vista. Deja la
pluma al lado del agua y mira nuevamente el cuadro. Observa las figuras
representadas y repara en la cantidad de objetos que hay sobre una mesa. Le
divierte advertir que las cosas deberían caerse por la inclinación.
Mira su reloj pulsera y abre su cuaderno. Escribe unas
líneas y vuelve a apoyar la pluma.
¿Será que el tornillo con el que está colgado el cuadro está
un poco suelto?
Se levanta bruscamente de la mesa y se acerca a la pintura.
La observa con detenimiento y levanta los brazos con la intención de
enderezarla. No llega.
Vuelve a su lugar y alcanza a atajar la pluma que se
encuentra al borde de la mesa por causa de la brisa que entra por la ventana.
Se posiciona para escribir nuevamente pero a último momento
se arrepiente y llama al mozo.
Desaparece en cuanto paga la cuenta.
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