Se me escapó una cruz, justo cuando multiplicaba mentiras, y en lugar de responder con criterio, desembarqué del crucero con altanería.
Proferí un discurso crucial, aunque de bajo relieve, y me introduje una crocante galleta de maíz en la boca.
Crujía sabrosamente entre los dientes mientras pensaba en refugiarme en alguna pulpería croata.
Pero no había croatas en estas tierras cavernosas.
Creí que estaba perdido, pero un grupo de dogmáticos creyentes me devolvió al sendero, y así, logré evadir los cráteres del camino que se me bifurcaba.
Unas ranas que croaban me hicieron decidir por la derecha.
Sólo eso diferenciaba un camino del otro, el croar intermitente de esos anfibios crepitosos que se encontraban saltando de manera, presumiblemente, alegre.
Ni la crin de un caballo era tan suave.
De repente me enredó una brisa tranquila que me dejó crispado.
Ya nada había para hacer.
Había vuelto a perder el camino.
Y la cruz, en su lugar, multiplicaba indiferente una serie de números reales.
Ya no había otro sentido más que el propio.
Un croado se oía, casi imperceptible, a lo lejos.
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