jueves, 14 de noviembre de 2013

desencuentro



Debería haberse percatado de que estaba ahí. Justo ahí, tan al alcance de su mano.
Pero el día había sido largo y su mente era un remolino de pensamientos e ideas aglutinados.
Volvió a su casa y pensó en llamarla.
Habían estado separados mucho tiempo pero esa distancia, paradójicamente, había acortado la brecha de reproches y enojos crónicos.
Y después de todo, si había estado tan cerca de volver a verla, ¿por qué no darle un empujoncito al destino con una llamada?

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Mientras caminaba de vuelta a su casa, pensó en que el día menos pensado se animaría a decirle que en realidad sí había pensado en una vida con él. Pero que la cobardía y las ocupaciones opacaron la que podría haber sido la respuesta más acertada de su vida.
Y que cada vez que caminaba despacio hacia su casa, no podía evitar pensar una y otra vez en lo que podría haber pasado si su reacción era otra.

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Cortó el teléfono antes de que atendiera el contestador y se rió de haber pensado en el destino.
Su intención de comunicarse aún estaba muy débil como para tener un primer contacto con una máquina.
Tal vez más adelante.

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Llegó a su casa y se recostó en el sillón. Observó que la luz del contestador estaba apagada y cerró los ojos.
Por un momento, pensó en la posibilidad de llamarlo pero no se animó.
Tal vez más adelante.

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Algún día tendría la oportunidad de retractarse y proponerle volver a empezar

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Algún día tendría la oportunidad de reafirmarse y proponerle volver a empezar.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Cambios



Había pasado mucho tiempo, tanto que casi ni cabía preguntarse si habría algo que no había cambiado.
El reloj marcaba las tres y dos minutos, y tres minutos.La aguja que cuenta los segundos acababa de pasar una vez más la segunda "I" que completaba el "doce" en números romanos.
Los segundos caen más pesados cuando se observa el segundero. Incluso se pueden oir. La sensibilidad cambia, y a medida que se concentraba más y más en el reloj, todo el entorno de Carmelo se modificaba.
Las mesas ya no parecían pertenecer a un café sino otra cosa, un establecimiento completamente distinto.
Los segundos se hacían más y más pesados y el café parecía enfriarse y aclararse, fermentarse y sentirse como una cerveza helada que derrepente refrescaba su boca.
Sentía un olor cada vez más fuerte, un hedor que provenía de algún lado pero que Carmelo se empecinaba en sospechar que era solo un perfume extravagante.
La aguja del segundero ahora volaba, pasaba una y otra vez por las letras que significan números, haciendo pasar los minutos como caían las gotas de agua condensada del vaso cervecero.
Ya el cambio era evidente, el mesero no tenìa más el delantal que hubo presentado cuando le ofreció café a Carmelo, en su lugar tenía unas bermudas abultadas y una musculosa apretada. Detrás de él se obervaban montones de botellas de diferentes tamaños y formas que contenían alcohol en distintos porcentajes.
A Carmelo nada de esto le extrañaba, estaba seguro de sí mismo, y entendía que los cambios que en algún momento creyó ver eran producto del calor y el cansanco, el agotamiento y la angustia que le causaba estar esperando allí sentado.
Se inclinó sobre la barra y llamó al mesero, tuvo que esperar a que termine de preparar unos tragos y luego aguardó a que le entregara limón y sal a dos muchachas que se movían constantemente de manera intermitente.
Finalmente se el barman acercó, Carmelo se acomodó la corbata, mientras oteaba el reloj de pulsera y voceó de manera estupendamente porteña:
- Mozo, un cortado por favor.