miércoles, 14 de agosto de 2013

La duda, el calor y la sonrisa

Insoportable, no podía aguantar más la situación. Todo se le iba de las manos y ya no podía mantener la cordura. Era realmente imposible. Un señor de bigote oscuro y espeso sonreía mientras lo miraba de reojo. La sonrisa se ampliaba y estrechaba al ritmo de la respiración, particularmente audible, como si cada bocanada de aire fuese todo un esfuerzo.

El calor era sofocante. Unos niños en la esquina se esforzaban por mantenerse parte de un juego cuya única función era olvidarse del calor, de ese agobiante calor que parecía quemar todo lo vivo, todo lo que se movía sobre el empedrado de aquella calle descolorida.

Asomada por una ventana, una señora de unos setenta años observaba todo con atención, apoyadas sus manos sobre la baranda que daba a la calle, miraba hacia uno y otro costado como si no le costara. Su rostro, impávido, detentaba todos sus años sin grandes dolencias, y su mirada penetrante pretendía saber todo lo que pasaba, más allá de lo que podía ver.

A unas cuadras de allí una pareja discutía, él, altanero, replicaba que no tenía nada que ver con la discusión. Ella lloraba porque sabía que tenía razón. El calor no ayudaba, alejados a unos pasos de distancia caminaban ya en silencio buscaban una estación de servicio donde comprar hielo.

El bebé no paraba de llorar, la temperatura era muy elevada para su cuerpo tan pequeño, joven y desprotegido. No podía expresarse con palabras, así que lloraba y se movía en su cuna en constantes esfuerzos fútiles por gritarle al mundo que ese calor era un atropello a su perona. La mamá lo miraba con tristeza, mientras se empapaba la frente con un trapo mojado en agua fría.

Era demasiado, definitivamente, estar al tanto de todo ya se había vuelto costumbre, pero el calor lo complicaba todo aún más. Igualmente podría soportarlo.... sí, todo. Todo menos esa sonrisa. Y esa respiración inconstante que se escuchaba insoportable. No podía más. No podía aceptar que se le escapara algo, sabía todo. Todo. Menos la razón por la cual ese señor bigotón se la pasaba sonriendo y no paraba de mirarlo de reojo.

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