Le había hecho una pregunta, y parecía que la misma vagaba sin rumbo en su frente que, si bien aún seca, propiciaba un más que probable y continuo goteo que habría de provocarse quizás por el miedo, o la frustración, quizás por el simple calentamiento, esa puesta en marcha en la búsqueda de una respuesta que, luego sabría, era imposible que encontrase.
La duda invadía su frondoso rostro enmudecido que vacilaba en constantes ires y venires de su mandíbula inferior de derecha a izquierda, como si la solución al problema se encontrase en las limitadas bocanadas de aire que lograban ingresar en el breve espacio que dejaba el movimiento pendular de su mandíbula, como si tan pequeño influjo de éter pudiese sofocar su angustia.
Incansablemente, la inquietud recorría su mente sin encontrar desambiguación posible, se encontraba en callejones sin salida que invitaban a sosegar el pánico a través de unos murmullos inconsistentes, unas suaves exhalaciones de aire que simulaban algún tipo de sonido gutural que, al parecer, refrescaban su sobrecargado sistema nervioso simpático, refrescando su ya empapada frente y entregándolo a unos sugerentes escalofríos que aparentaban ser eternos.
El interrogatorio había terminado, de hecho, había terminado ni bien comenzó. Era una sola pregunta. Era, quizás, de sentido común, del saber básico. Era casi una antonomasia. O era, en fin, una antonomasia. Era el resultado de su propia duda, era la duda en sí misma. Era y no era a la vez eso mismo que tanto lo aquejaba y a la vez, era una incógnita irresoluta.
El interrogador, atónito, se volvía tratando de buscar miradas cómplices, pero no las encontraba. Él creía que el sentido común era inherente al ser humano, y al parecer, de repente, se volvía una cualidad única. Una construcción casi épica.
La pregunta carecía de respuesta, porque esta era la misma pregunta, era un imposible, fuera del sentido común, la insistente interpelación por la pregunta no podía acarrear respuesta alguna. El concepto mismo era ignorado, la cara ahora lavada que miraba en silencio, patidifusa, había dejado de esforzarse, ya no valía el esfuerzo.
La realidad lo había superado ¿cómo responder a un significante en sí mismo? ¿como encontrar en la respuesta el sentido propio del interrogante perdido? ¿cómo habría de saber, sin saber, al fin, que una pregunta es una pregunta? ¿cómo, si tal cosa no es más que una duda, un interrogante, una inquietud? El cariz mismo de la cosa es intangible cuando es la misma cosa de la que se parte es, también, el punto de llegada.
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