Pensó en una frase que le aclaró el panorama: nadie anda en
busca de lo que no quiere ser encontrado.
Abrió su cuaderno y la anotó repetidas veces, intercalando
diferentes tamaños y tipos de letra. Como un ejercicio de convencimiento
arreglado o una anestesia para su cabeza.
Cuando estaba por dar vuelta la hoja, se dio cuenta de que
era hora de partir. Pagó su café y corrió hacia la estación.
En cuanto pasó la puerta central, se puso en postura para su
ritual. Se sentó en el banco de siempre, cruzó las piernas para apoyar su
cuaderno y miró el reloj.
Se sintió listo para el momento y sonrió con un dejo de
satisfacción que permaneció intacto hasta el final del día.
De regreso en su casa, en la soledad de su cuarto, volvió a
pensar en la frase y otra vez se reconfortó. Todo parece más fácil cuando la
responsabilidad es compartida, se dijo en voz alta antes de cerrar los ojos y
dormir.
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