Lo primero que hizo al levantarse fue buscar, entre todos
los papeles amontonados, ese poema que alguna vez había escrito con intuición.
Releyó cada palabra como si estuviera escribiéndolo dos
veces y al terminarlo lo dobló tal cual estaba. Nunca se sabe pensó mientras lo guardaba nuevamente.
Cualquiera podía ser el momento en que las palabras presagiaran su final.
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