estaba cansada de que siempre le cambiaran los finales de sus cuentos. bastaba con que sacara la vista de las hojas sólo por un momento para encontrarse luego con un desenlace diferente al que ella había pensado.
enojo tras enojo, jamás consiguió nada. no pudo contra ese poder que ejercían sobre ella y entonces, un día de resignación, decidió no pelear más.
desde ese momento, aprendió a negociar con sus personajes y a imponerse, al menos, con algunas condiciones:
ni se despiertan y todo fue un sueño
ni mucho menos comieron perdices de felicidad.
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