la estación siempre estuvo vacía. a esa hora casi nadie tomaba el tren.
¿cuántas personas viajan al trabajo a las cuatro de la mañana?
la mayoría de los pasajeros siempre fueron personas que, a sus ojos, parecían no tener rumbo. entes viajantes hacia ningún lado que le hacían compañía en el largo trayecto al trabajo.
por eso, ese día en que se le acercó y le habló, dudó varios segundos en responder. no parecía estar perdido ni tenía la imagen de alguien que no hubiese dormido aunque más no fuera un par de horas.
sus manos blancas, su perfume prominente y una camisa no arrugada por las horas del día, pusieron en alerta sus sentidos.
al comienzo hablaron poco y entrecortado. el clima está loco y las estaciones abandonadas.
con el paso del tren, las palabras comenzaron a fluir de otra forma. sus ideas flotaban por el aire y ella comenzó a sentir que ya no dominaba lo que pasaba.
su estación estaba cada vez más cerca y eso empezaba a angustiarla. no quería bajarse y ya no podía dejar de mirarlo. se sintió mareada unos segundos y unas repentinas ganas de acostarse le impidieron mover el cuerpo. todo pasó muy rápido y sólo recuerda que el suelo sucio del vagón le manchó el pulover color crema.
...
(continuar)
cuando despertó no había nadie a su alrededor. lo primero que hizo por impulso fue buscarlo con la mirada. no estaba ni había rastros de que alguien hubiese pasado por ahí. ni el olor de su perfume, ni la huella de su cuerpo en el asiento.
se sentó y abrió su cartera. todo estaba tal como lo había guardado. los billetes doblados en el monedero y las tarjetas en el estuche plástico que alguna vez había comprado en ese mismo tren.
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