se sentó con la voluntad necesaria para hacer algo decente. sin demasiadas vueltas, comenzó a escribir sin pensar demasiado en la coherencia del texto ni en la musicalidad de las palabras. sólo por esta vez, estaba decidida a llenar un par de hojas en blanco con la tinta azul de alguna historia perdida en las idas y venidas de su inconsciencia.
y así pasó más de media hora. sin sentir la pesadez del tiempo ajeno ni la impaciencia propia. ése era el día indicado para escribir el borrador que la salvaría, por unos días, de la angustia errante de su inseguridad.
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