ensayó frente al espejo las diferentes formas de tomarlo de cuello. casi no durmió en toda la noche pensando en el momento más propicio para matarlo. luego de dudar entre varias opciones, ahorcarlo le parecía la menos ruidosa y la más higiénica. se acostó vestido y con la soga entre las manos. así estaría preparado para ir a la oficina, en cuanto sonara el despertador. sin embargo, al levantarse con los primeros claros del día, una sensación asfixiante de cobardía paralizó su cuerpo. no sólo no iba a matarlo sino que tampoco iba a ir a trabajar. tirado en su cama nuevamente, lloró las horas que gastó en vano planeando lo que nunca se animaría a hacer.
mientras tanto su jefe, también en cama, comenzaba a sentir alivio después de toda una noche de inexplicables escalofríos.
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